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sábado, 20 de agosto de 2016

LA BOTELLA

La botella


Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por suerte, llegó a una cabaña vieja, desmoronada sin ventanas, sin techo. El hombre anduvo por ahí y se encontró con una pequeña sombra donde acomodarse para protegerse del calor y el sol del desierto. Mirando a su alrededor, vio una vieja bomba de agua, toda oxidada. Se arrastró hacia allí, tomó la manivela y comenzó a bombear, a bombear y a bombear sin parar, pero nada sucedía. Desilusionado, cayó postrado hacia atrás, y entonces notó que a su lado había una botella vieja. La miró, la limpió de todo el polvo que la cubría, y pudo leer que decía: "Usted necesita primero preparar la bomba con toda el agua que contiene esta botella mi amigo, después, por favor tenga la gentileza de llenarla nuevamente antes de marchar".

El hombre desenroscó la tapa de la botella, y vio que estaba llena de agua... ¡llena de agua! De pronto, se vio en un dilema: si bebía aquella agua, él podría sobrevivir, pero si la vertía en esa bomba vieja y oxidada, tal vez obtendría agua fresca, bien fría, del fondo del pozo, y podría tomar toda el agua que quisiese, o tal vez no, tal vez, la bomba no funcionaría y el agua de la botella sería desperdiciada. ¿Qué debiera hacer? ¿Derramar el agua en la bomba y esperar a que saliese agua fresca... o beber el agua vieja de la botella e ignorar el mensaje? ¿Debía perder toda aquella agua en la esperanza de aquellas instrucciones poco confiables escritas no se cuánto tiempo atrás?



Al final, derramó toda el agua en la bomba, agarró la manivela y comenzó a bombear, y la bomba comenzó a rechinar, pero ¡nada pasaba! La bomba continuaba con sus ruidos y entonces de pronto surgió un hilo de agua, después un pequeño flujo y finalmente, el agua corrió con abundancia... Agua fresca, cristalina. Llenó la botella y bebió ansiosa mente, la llenó otra vez y tomó aún más de su contenido refrescante. Enseguida, la llenó de nuevo para el próximo viajante, la llenó hasta arriba, tomó la pequeña nota y añadió otra frase: "Créame que funciona, usted tiene que dar toda el agua, antes de obtenerla nuevamente".

¿Cuántas veces tenemos miedo de iniciar un nuevo proyecto pues éste demandará de una inversión de tiempo, dinero, preparación y conocimiento?. ¿Cuántos se han quedado parados satisfaciéndose con los resultados mediocres?.
Unas pocas veces en la vida se nos presentan “oportunidades bellísimas” que pueden ayudarnos a ser mejores personas, o abrirnos nuevas puertas que nos conducen a un mundo mejor. Pero quizás siempre tememos, en vez de entregarnos y confiar, nos frenamos a nosotros mismos quedándonos inmóviles delante del camino porque las dudas y nuestra inseguridad nos paraliza, y tomamos así sólo un poquito de la vida, casi insuficiente, cuando si venciéramos nuestros miedos y temores, tendríamos a nuestro alcance toda la fuente para tomar todo lo que deseásemos.

domingo, 23 de agosto de 2015

ENVOLTURAS DE CHOCOLATE

Un día una madre comenzó a regañar a su hijo por lo 

tarde que se había levantado, -¡mira la hora!, ¿Qué 

piensas quedarte ahí dormido todo el día?¿que no 

piensas ir a la escuela?- el niño adormilado se sentó a la 

orilla de la cama mirando al suelo, la madre continuó.



- te he consentido demasiado, siempre permitiéndote 

llegar tarde al colegio, definitivamente TE FALTÓ 

SUFRIR, a mí, mis padres me castigaban una 

semana por cada minuto que me retrasara… - , la madre 

se enfureció cuando el niño permaneció sentado, con la 

mirada fija en el suelo, 


-si tú me ignoras, yo también lo puedo hacer- dijo antes 

de salir de la habitación.

Al final del día la madre había cumplido su amenaza y 

sin dirigir palabras al niño se fue a su habitación. Sobre 

su almohada había un sobre con una carta adentro:


-mami perdóname, no quería ignorarte, solo buscaba las 

palabras para explicarte mis sentimientos. Tú dices que 

me hace falta sufrir, pero yo creo que el sufrimiento 

viene con diferentes envolturas como las de los 

chocolates que a veces me compras, hay muchas maneras 

de sufrir. 



Yo no sufro en casa pero sufro en la escuela. Mami 

perdón si no te lo dije, pero no quería que sintieras dolor 

si te decía que en la escuela me molestan, no tengo 

amigos, nadie me escoge en su equipo, por eso 

no me gusta ir a clases. Perdóname, si quieres de ahora 

en adelante me levantaré muy temprano e iré a la escuela, 

me esforzaré, lo juro, pero por favor no 

me vuelvas a ignorar-.


La madre levantó el rostro con lágrimas en los ojos y vio 

a su hijo asomándose sigilosamente por la puerta de la 

habitación, con una triste e inocente mirada en su rostro...



Tanto la alegría como el sufrimiento tienen infinidad de 

envolturas, pero al final el chocolate bajo la envoltura es 

lo importante.

En el caso de la alegría, muchos no pueden verla, porque 

creen que les va a llegar con la misma envoltura que a los 

demás.

Y con el sufrimiento te digo que, nunca oses decir que 

solo tú eres el que sufre mientras que los demás gozan de 

alegría, pues el dolor se presenta y percibe distinto para 

cada persona.



A los padres con esto, les prohíbo que ignoren a sus 

hijos, nada daña más a un hijo que la falta de atención, 

no pretendan no ver un problema, hablen, 

entiendan y escuchen a sus hijos.



                                                                   by:(Megumi Konno)

sábado, 11 de julio de 2015

TANTO PARA APRENDER

               "No hay que empezar siempre por la noción primera de las cosas que se estudian,                 sino por aquello que puede facilitar el aprendizaje."
                                                                                          Aristóteles

Aprendí que la mayoría de las cosas por las que me preocupo nunca suceden.
Aprendí que cada logro alguna vez fue considerado imposible.
Aprendí que nada del valor se obtiene sin esfuerzo.
Aprendí que la expectativa es con frecuencia mejor que el suceso en sí.
Aprendí que aun cuando tengo molestias, no necesito ser una molestia.
Aprendí que nunca hay que dormirse sin resolver una discusión pendiente.
Aprendí que no debemos mirar atrás, excepto para aprender.
Aprendí que cuando alguien aclara que se trata de principios y no de dinero, por lo general se trata de dinero.
Aprendí que hay que luchar por las cosas en las que creemos.
Aprendí que las personas son tan felices como deciden serlo.
Aprendí que la mejor y más rápida manera de apreciar a otras personas es tratar de hacer su trabajo.
Aprendí que los días pueden ser largos, pero la vida es corta.
Aprendí que si tu vida está libre de fracasos, es porque no has arriesgado lo suficiente.
Aprendí que es bueno estar satisfecho con lo que tenemos, pero nunca con lo que somos.
Aprendí que podemos ganar un centavo en forma deshonesta, pero más tarde este nos costará una fortuna.
Aprendí que debo ganar el dinero antes de gastarlo.
Aprendí que debemos apreciar a nuetros hijos por lo que son y no por lo que deseamos que sean.
Aprendí que el odio es como el ácido: destruye el recipiente que lo contiene.
Aprendí que planear una venganza sólo permite que las personas que nos hirieron lo hagan por más tiempo.
Aprendí que las personas tienen tanta prisa por lograr una "buena vida" que con frecuencia la vida pasa a su lado y no la ven.
Aprendí a no dejar de mirar hacia el futuro; que todavía hay muchos buenos libros para leer, puestas de sol que ver, amigos que visitar, gente a quien amar y viejos perros con quienes pasear.
Aprendí que todavía tengo mucho que aprender.


Extraido del libro "La culpa es de la vaca"

EMPUJA LA VACA

                                            "Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en 
                                              cambiarse a sí mismo."
                                                                                   Alexei Tolstoi 

Un sabio maestro paseaba por el bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita. Durante la caminata comentó al aprendiz sobre la importancia de conocer lugares y personas, y sobre las oportunidades de aprendizaje que nos brindan estas experiencias.

La casa era de madera y sus habitantes, una pareja y sus tres hijos, vestían ropas sucias y rasgadas, y estaban descalzos. El maestro se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia, y le dijo:

- En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir?

El hombre respondió calmadamente:

- Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Parte de la leche la vendemos o la cambiamos por otros alimentos en la ciudad vecina, y con la restante elaboramos queso, cuajada y otros productos para nuestro consumo. Así es como vamos sobreviviendo.

El sabio agradeció la información y contempló el lugar por un momento, antes de despedirse y partir. A mitad de camino le ordenó a su fiel discípulo:

- ¡Busca la vaquita, llévala al precipicio y empújala!

El joven lo miró espantado y le replicó que ese animal era el medio de subsistencia de la familia. Como percibió el silencia absoluto del maestro, cumplió la orden: empujó a la vaquita al barranco, y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en su memoria.

Un día, el discípulo resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar para contarle la verdad a la familia y pedirle perdón. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba veía todo muy bonito, diferente de como lo recordaba. Se sintió triste, imaginando que aquella humilde familia había debido vender su terreno para sobrevivir. Aceleró el paso y, al llegar, fue recibido por un señor muy simpático, al cual le preguntó por las personas que vivían en ese lugar cuatro años atrás. El hombre le respondió que allí seguían.

Sobrecogido, el joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que había visitado algunos años antes con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor, el dueño de la vaquita:

- ¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?

Emocionado, el hombre le respondió:

- Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos; así alcanzamos el éxito que sus ojos ven ahora.

Esta es la realidad de lo que se ha llamado zona de confort. Estamos tan conformes con el estado de cosas que nos rodea que no desarrollamos otras posibilidades. Sólo necesitamos un evento sorpresivo para darnos cuenta de que la seguridad puede ser nuestra peor consejera y de que nos impide ver el horizonte.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"

viernes, 10 de julio de 2015

EL COLECCIONISTA DE INSULTOS

En los días que corren es conveniente cederle un espacio a esta alegoría budista que transcribe Paulo Coelho y que hará pensar a muchos.

Cerca de Tokio vivía un gran samuray, ya anciano, que se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier adversario. Cierto día un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos pasó por la casa del viejo. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que el adversario hiciera su primer movimiento y, gracias a su inteligencia privilegiada para captar los errores, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una batalla. Conociendo la reputación del viejo samuray, estaba allí para derrotarlo y aumentar aún más su fama.

Los estudiantes de zen que se encontraban presentes se manifestaron contra la idea, pero el anciano aceptó el desafío. Entonces fueron todos a la plaza de la ciudad, donde el joven empezó a provocar al viejo. Arrojó algunas piedras en su dirección, lo escupió en la cara y le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros. Durante varias horas hizo todo lo posible por sacarlo de casillas, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, ya exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró de la plaza.

Decepcionado por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
- ¿Cómo ha podido soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada, aun sabiendo que podría perder la lucha, en vez de mostrarse como un cobarde ante todos nosotros?

El viejo samuray repuso:
- Si alguien se acerca a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿a quién le pertenece el regalo?
- Por supuesto, a quien intentó entregarlo -respondió uno de los discípulos.
- Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos -añadió el maestro-. Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.

Nadie nos agrede o nos hace sentir mal: somos los que decidimos cómo sentirnos. No culpemos a nadie por nuestros sentimientos: somos los únicos responsables de ellos. Eso es lo que se llama asertividad.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"

EL PERRITO COJO

                              "Todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de                                 nuestra falta de gratitud por lo que tenemos."

                                                                                       Daniel Defoe


El dueño de una tienda estaba poniendo en la puerta un cartel que decía: "Cachorros en venta". Como esa clase de anuncios siempre atrae a los niños, de pronto apareció un pequeño y le preguntó:

- ¿Cuál es el precio de los perritos?

El dueño contestó:

- Entre treinta y cincuenta dólares.

El niñito se metió la mano al bolsillo y sacó unas monedas.

- Sólo tengo $2,37. ¿Puedo verlos?

El hombre sonrió y silbó. De la trastienda salió una perra seguida por cinco perritos, uno de los cuales se quedaba atrás. El niñito inmediatamente señaló al cachorrito rezagado.

- ¿Qué le pasa a ese perrito? -preguntó.

El hombre le explicó que el animalito tenía la cadera defectuosa y cojearía por el resto de su vida. El niño se emocionó mucho y exclamó:

- ¡Ese es el perrito que yo quiero comprar!

Y el hombre replicó:

- No, tú no vas a comprar ese cachorro. Si realmente lo quieres, yo te lo regalo.

El niñito se disgustó y, mirando al hombre a los ojos, le dijo:

- No, no quiero que usted me lo regale. Creo que vale tanto como los otros perritos, y le pagaré el precio completo. De hecho, le voy a dar mis $2,37 ahora y cincuenta centavos cada mes, hasta que lo haya pagado todo.

El hombre contestó:

- Hijo, en verdad no querrás comprar ese perrito. Nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros.

El niñito se agachó y levantó su pantalón para mostrar su pierna izquierda, retorcida e inutilizada, soportada por un gran aparato de metal. Miró de nuevo al hombre y le dijo:

- Bueno, yo no puedo correr muy bien tampoco, y el perrito necesitará a alguien que lo entienda.

El hombre se mordió el labio y, con los ojos llenos de lágrimas, dijo:

- Hijo, espero que cada uno de estos cachorritos tenga un dueño como tú.

En la vida no importa quiénes somos, sino que alguien nos aprecie por lo que somos, nos acepte y nos ame incondicionalmente.


Extraído del libro "La culpa es de la vaca"

EL REGALO

              (...) No seas como la mayoría, que se mueren esperando su oportunidad y se pasan la vida                   diciendo: "es que no me ha llegado la mía".
                                                                                            Hector Tassinari

Un chico había nacido con una enfermedad que no tenía cura. A sus 17 años, podía morir en cualquier momento. Siempre había permanecido en casa, al cuidado de su madre, pero estaba harto y decidió salir solo por una vez. Visitó muchos almacenes y, al pasar por uno de música, vio a una jovencita primorosa de su misma edad. Fue amor a primera vista. Abrió la puerta y entró sin mirar nada que no fuera ella. Acercándose poco a poco, llegó al mostrador donde se encontraba la chica, que lo miró y le dijo, con una sonrisa:

- ¿Te puedo ayudar en algo?

Él pensó que era la sonrisa más hermosa que había visto en toda su vida. Sintió deseos de besarla en ese instante. Tartamudeando, le dijo:

- Sí, eeehhh, uuuhhh... me gustaría comprar un disco -y sin pensarlo, tomó el primero que vio y le dio el dinero.

- ¿Quieres que te lo envuelva? -preguntó la joven, sonriendo de nuevo.

Él asintió con la cabeza y ella fue a la oficina, para volver con el paquete envuelto. Lo tomó y se fue.

Desde entonces, todos los días visitaba la tienda y compraba un disco. La muchacha siempre lo envolvía, y él se lo llevaba y lo guardaba en su clóset. Era muy tímido para invitarla a salir y, aunque trataba, no podía. Su mamá se dio cuenta y le dio ánimo, así que al día siguiente él se armó de coraje y se dirigió a la tienda. Compró un disco y, como siempre, ella se fue a envolverlo. Él tomó el paquete y, mientras la joven no lo miraba, dejó su número de teléfono en el mostrador y salió corriendo.

Al otro día, repicó el teléfono de la casa y la mamá contestó. Era la muchacha del almacén, preguntando por su hijo. La señora comenzó a llorar y le dijo:

- ¿No lo sabes? Murió ayer.

Hubo un silencio prolongado, roto solamente por los sollozos de la madre. Días más tarde, la señora entró en el cuarto de su hijo. Al abrir el clóset, se topó con montones de cajitas en papel de regalo. Como esto le causó curiosidad, tomó uno de los paquetes y se sentó sobre la cama para abrirlo. Al hacerlo, un pequeño pedazo de papel salió de la cajita plástica. Era una nota que decía: "¡Hola! Estás muy guapo. ¿Quiéres salir conmigo? Te quiere, Sofía".

Con emoción, la madre abrió otro paquete, y otro, y otro, y al hacerlo encontró muchas notas; todas decían lo mismo con distintas palabras.

Así es la vida: no espere demasiado para decirle a alguien especial lo que siente. Dígalo hoy: mañana puede ser muy tarde.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"

sábado, 13 de septiembre de 2014

IGUALES PERO DIFERENTES

              "Hay una gran diferencia entre: hacer lo posible y
               hacerlo posible."
                                                           (Anónimo)



Están los que usan siempre la misma ropa.
Están los que llevan amuletos.
Los que hacen promesas.
Los que imploran mirando al cielo.
Los que creen en supersticiones.
Y están los que siguen corriendo cuando les tiemblan las piernas.
Los que siguen jugando cuando se acaba el aire.
Los que siguen luchando cuando todo parece perdido, como si cada vez fuera la última vez.
Convencidos de que la vida misma es un desafío.
Sufren.
Pero no se quejan.
Porque saben que el dolor pasa.
El sudor se seca.
El cansancio termina.
Pero hay algo que nunca desaparecerá, la satisfacción de haberlo logrado.
En sus cuerpos hay la misma cantidad de músculos.
En sus venas corre la misma sangre.
Lo que los hace diferente es su espíritu.
La determinación de alcanzar la cima.
Una cima a la que no se llega superando a los demás.
Sino superándose a uno mismo.

Cuando intentamos aprender algo o cambiar algún comportamiento para lograr una meta, la sensación que nos da es de incomodidad, ya que el cerebro necesita de tiempo y práctica para aprender y hacerlo una parte integral de nuestro ser, y es entonces que la incomodidad desaparece. Por lo tanto la clave está en la constancia.

Esa incomodidad que sentimos cuando estamos practicando el aprendizaje del nuevo comportamiento, es la que hace que muchos claudiquen antes de darle el tiempo necesario al aprendizaje, o sea, a la práctica de lo que estamos tratando de aprender. No importa si se trata de aprender a jugar cartas o un nuevo comportamiento que nos ayude a lograr una meta.


Hay diferentes etapas durante el aprendizaje de algo nuevo:
La primera es la "incompetencia inconsciente", esto es cuando no sabes hacer algo y no lo sabes conscientemente.

La segunda es la "incompetencia consciente" que quiere decir que estás intentando aprender y te das cuenta de que eres aún incompetente al hacerlo.

La tercera es la "competencia consciente", cuando ya sabes hacerlo, pero aún tienes que poner atención para hacerlo correctamente. Estás consciente de que ya sabes hacerlo, pero aún no se ha convertido en un comportamiento habitual.

La cuarta y última etapa es la "competencia inconsciente", cuando ya aprendiste a hacerlo y ni siquiera tienes que pensar conscientemente en ello para efectuarlo. Es cuando ya se ha convertido en un comportamiento habitual.

Pasamos por estas cuatro etapas en todo lo que aprendemos, a caminar, a leer y escribir, a andar en bicicleta, a conducir un automóvil, etc. Es muy importante tener esto presente a la hora en que quieras aprender a hacer algo nuevo o trabajar para cambiar algún hábito o comportamiento que no te esté dando los resultados que deseas.

Mucha gente se da por vencida cuando se encuentra apenas en la segunda etapa, la incompetencia consciente. Ahí es cuando se desaniman y piensan que no son buenos para eso o que nunca van a poder aprenderlo. "No tengo la habilidad", "no soy bueno para eso", "en realidad no creo que me sirva", son las frases que se dicen a si mismos para empezar a justificar el hecho de dejar de intentarlo. Es en esta etapa donde nos sentimos incómodos con lo que estamos tratando de aprender y como no nos gusta sentirnos incómodos, dejamos de intentarlo. La clave está en insistir, en ser constante hasta lograrlo.

Cuando te sucede esto es que estás saliéndote de los límites de tu "zona de comodidad", y lo tienes que tener presente en todo momento para no fracasar en tu intento. Sí, es incómodo, y estarías más a gusto si vuelves a los límites donde te sientes a gusto, pero también te sentirías mal por haber fracasado.

Si de verdad quieres hacer cambios en tus comportamientos y hábitos, tienes que comprender y asimilar estas cuatro etapas, para tener la perseverancia de continuar aún cuando te sientas incómodo con el nuevo comportamiento, porque solamente con la práctica lograrás que el cerebro lo asimile, y comprenda que eso es lo que deseas hacer de ahora en adelante, y deje a un lado el comportamiento anterior.

Se nos hace difícil intentar cambiar algún hábito que no nos está ayudando a salir adelante, sino que al contrario, nos está deteniendo para lograr metas más importantes. Cuando tenemos, por ejemplo el hábito de comer entre comidas, lo cual es perjudicial no solo para nuestra salud sino que también nos impide mantenernos en el peso ideal para nuestro cuerpo, nos agobia siquiera pensar en hacer el intento de quitarnos ese hábito y aprender uno nuevo, por la incomodidad que esto representará durante algunos días o semanas.

Si tienes un deseo intenso de cambiar algo en tu vida, comienza a hacer los cambios necesarios para lograrlo y aférrate a ese nuevo comportamiento durante por lo menos un mes. Si dejas de hacer lo que te está perjudicando durante un mes y le superpones el nuevo hábito que quieres adquirir, borrarás definitivamente el comportamiento previo.

Hay maneras de ayudarte a ti mismo en los momentos difíciles de un cambio de hábito. Prepárate con letreros en los lugares que más frecuentes en tu hogar y una tarjeta que lleves contigo en tu cartera o bolso, donde escribas una frase que te recuerde que estas incomodidades son pasajeras y que una vez que logres llegar al otro lado del puente no solo ya no te sentirás incómodo sino que al contrario, mejorará tu autoestima por haber logrado el éxito en lo que te propusiste además de haber aprendido el nuevo comportamiento dejando atrás el anterior.

Cuando un bebé comienza a caminar, observamos como su persistencia lo empuja a intentarlo una y otra vez hasta lograr primero ponerse de pie. Obviamente al intentar en ese momento dar un paso cae, y sin embargo no se dice como nos decimos los adultos: "Seguramente esto no es para mí, yo no valgo para esto de caminar así que gatearé toda mi vida" ¡De ninguna manera!, un bebé lo seguirá intentando sin detenerse, hasta lograr caminar como el ve que los demás lo hacen.

La diferencia entre un bebé que está intentando aprender algo nuevo y un adulto en las mismas condiciones, es que el adulto tiene muy desarrollado el crítico interior que no le permite seguir adelante insistiendo hasta lograrlo. Ese crítico interior es el que más duramente nos trata haciéndonos pensar que no somos lo suficientemente buenos para lograrlo. En un próximo capítulo hablaremos sobre nuestro crítico interior y las formas en que podemos lograr que se convierta en un aliado, y nos ayude en cualquier cosa que intentemos en la vida.

Maca Hernandez